Religiosas, compañeras de camino

Durante este tiempo de pandemia no hemos podido encontrarnos con nuestros seres queridos que se encuentran lejos pero, eso sí, nos ha dado la oportunidad de valorar a quienes tenemos más cerca y aprovechar la oportunidad para enriquecer los vínculos que en el trajín de la vida muchas veces descuidamos.

Cómo no escribir unas palabras sobre quienes en estos días han sostenido y acompañado mi camino de fe y mi vida sacerdotal: Rosa Angélica Duque, Rosa Elisa Agudelo, Teresita Montes, religiosas Hermanitas de la Anunciación. Ellas viven entre nosotros trabajando incansablemente desde las diversas realidades en la evangelización, ya sea recorriendo día tras día las calles de nuestro pueblo visitando a los enfermos, apoyando las diversas pastorales de la parroquia, preocupadas por los pobres, migrantes, catequistas, los jóvenes, los niños, las comunidades; solo me cabe decir ¡gracias! Gracias por el testimonio alegre de fe, de amor a Jesús y el compromiso generoso con nuestra comunidad, gracias por la amistad y la fraternidad que dan frescor a la vida, gracias por permitir ser para ustedes hermano, padre y amigo. Hago mención también a otras religiosas que han pasado por acá venidas de Colombia y con quienes pude también compartir, aunque por breve tiempo, Htas. Liliana Orozco, Diana Mosquera, Alba Luz Uribe y María Murillo.

Hacer este reconocimiento me ha hecho pensar que en el camino de mi vida sacerdotal he tenido siempre la dicha de contar con compañeras de camino desde la vida religiosa. En los inicios, siendo un joven párroco de 26 años, recuerdo con cariño a las Hnas. de María Auxiliadora de Don Bosco, a las entrañables Sor Rosa Suazo y Sor Patricia Aguilar que con pasión por la evangelización de los jóvenes nos volcamos a ellos en campamentos de verano, vigilias nocturnas, peregrinaciones, jornadas, etc. En ese tiempo también pude acompañar con la eucaristía diaria a las Hnas. del Buen Pastor y su hogar y escuela María Loreto en el Puente 7 de la comuna de Florida y que más tarde las encontraría en la Parroquia San Juan de Mata en la persona de la Hna. Gladys y la Hna. Marta Moena.

Fue en el invierno del año 1981 cuando conocí a las religiosas Salesas Misioneras de María Inmaculada, en una misión en la comuna de Arauco, ahí caminando por las calles del barrio Los Pinos junto a mi maestra en la misión, Hna. María Bai (Pushpa) di mis primeros pasos de misionero. Desde ese tiempo y hasta ahora, ellas han acompañado mi caminar, especialmente cuando fui párroco de Ñipas, parroquia que servían pastoralmente dando vida a esa comunidad, agradecer además de la mencionada Hna. María, a las Hnas. Luz Brame, Helena María Antúnez, Adriana Rivas, Marisol Seguel, la recordada Hna. Matilde QEPD. En estos tiempos se han agregado las Hnas. Claudia Campos, Victoria Samynathan, Fátima Muthappa y tantas otras. Todas estas queridas religiosas Salesas siguen velando por mi vocación, especialmente con el don de la espiritualidad Salesa que han infundido en mí y en el corazón de muchos de mis hermanos sacerdotes.

Fue en abril de 1994 cuando llegué de párroco a Florida y con la gracia de Dios me encontré también con una comunidad religiosa: las Hermanitas de Niño Jesús; misioneras incansables que por años sostuvieron la parroquia como administradoras y misioneras en esas benditas tierras junto a la Virgen del Rosario. Recuerdo con cariño la compañía de la Hna. Guadalupe QEPD a la Hna. Mariana QEPD, a la Hna Rosita QEPD, la Hna. Patricia y la querida Hna. Cecilia Flores. Llegado a la parroquia Santa Cecilia el año 2002 fui acompañado por las Religiosas del Pilar: Hna. Raquel García, Hna. Luz Morales, Hna. Visitación Rosende, Hna. María de los Ángeles Fietal QEPD y, finalmente, durante mi permanencia en la Parroquia San Juan Mata (2006- 2013), compartí mis tareas pastorales con la Hna. Inés Quijada y la Hna Ángela QEPD, del Instituto secular María Inmaculada y las ya mencionadas Hnas. del Buen Pastor.  

Ha sido un recorrido largo e intenso junto a las diversas congregaciones religiosas que he encontrado en mi camino, todas me han mostrado el rostro de la mujer consagrada: humano, alegre, servicial, abnegado y sobre todo creyente, nuevamente, ¡gracias! Perdón si he olvidado algún nombre o apellido.

Junto con hacer este recuerdo agradecido, quisiera traer a la memoria lo que la Iglesia nos dice sobre la vida religiosa (consagrada) de la mano del Papa Juan Pablo II que en su Exhortación Apostólica “Vita Consecrata”del año 1996, nos dejó un hermoso legado.

Nos dice Juan Pablo II: “La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu (n° 1). En realidad, la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, ya que « indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana » y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposo (n° 3). El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe buscar en la especial relación que Jesús, en su vida terrena, estableció con algunos de sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el Reino de Dios en la propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida” (n° 14). No cabe duda que la vida religiosa nos pone de cara a Jesús y al Reino de su Padre.

“La vida consagrada «imita más de cerca y hace presente continuamente en la Iglesia», por impulso del Espíritu Santo, la forma de vida que Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre para su Reino, abrazó y propuso a los discípulos que lo seguían (cf. Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20; Lc 5, 10-11; Jn 15, 16). A la luz de la consagración de Jesús, es posible descubrir en la iniciativa del Padre, fuente de toda santidad, el principio originario de la vida consagrada. En efecto, Jesús mismo es aquel que Dios « ungió con el Espíritu Santo y con poder » (Hch 10, 38), « aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo » (Jn 10, 36). Acogiendo la consagración del Padre, el Hijo a su vez se consagra a Él por la humanidad (cf. Jn 17, 19): su vida de virginidad, obediencia y pobreza manifiesta su filial y total adhesión al designio del Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11). Su perfecta oblación confiere un significado de consagración a todos los acontecimientos de su existencia terrena” (n° 22).

Se preguntaba el Papa: “¿Qué sería del mundo si no fuese por los religiosos? Más allá de las valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada es importante precisamente por su sobreabundancia de gratuidad y de amor, tanto más en un mundo que corre el riesgo de verse asfixiado en la confusión de lo efímero. « Sin este signo concreto, la caridad que anima a la Iglesia correría el riesgo de enfriarse, la paradoja salvífica del Evangelio de perder en penetración, la “sal” de la fe de disolverse en un mundo de secularización ». La vida de la Iglesia y la sociedad misma tienen necesidad de personas capaces de entregarse totalmente a Dios y a los otros por amor de Dios” (105).

Pido a Dios nos regale muchas vocaciones religiosas que embellezcan este mundo, a veces gris y pragmático, pero que puede alcanzar color, dinamismo y frescura junto a ellas, las esposas del único Señor y Maestro: Jesús.

Pablo Leiva Rojas

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