La pastoral popular

Sabemos que es vital que la Iglesia esté siempre abierta a renovarse bajo el impulso del Espíritu Santo.  Deseo aportar un camino, entre tantos que hay, para esa renovación; un camino que nos ayude a trabajar por una Iglesia más fiel a su misión y con más discípulos alegres en Jesucristo. El camino que propongo es el de la pastoral popular, también llamada religiosidad o piedad popular. Esta expresión de la fe de nuestro pueblo sencillo trae frescor, aliento, alegría y santidad. Se trata de una acción eclesial vivida desde el corazón, especialmente por nuestra gente sencilla, por los pequeños, que abren su vida a la acción de Dios y que lleva a Jesús a bendecir a su Padre: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños” (Mt 11,25).

Contemplando la sencillez de la religiosidad de nuestro pueblo, brotarán en nosotros nuevas fuerzas, nuevo ardor, una renovada vocación de discípulos misioneros de Jesucristo al servicio al mundo.

El valor de la pastoral popular

El Papa Francisco define a la religiosidad popular como “un tesoro invaluable y auténtica escuela donde se aprende a escuchar el corazón de nuestro pueblo y en el mismo acto el corazón de Dios”[1].

Creo oportuno tomar estas palabras y preguntarnos de qué manera la piedad popular nos puede ayudar en el camino de renovar la Iglesia para hacerla una Iglesia más viva, profética  y que ponga a Jesús en el centro de su ser y  de su quehacer. Una Iglesia que quiere renovarse, debe primero volcarse hacia su corazón y redescubrir una riqueza inestimable como es la piedad popular para que desde ella pueda ser Iglesia renovada, en salida misionera y testimonio de la misericordia del Padre.

El documento de Medellín del año 1968 nos ofrece un valioso aporte sobre la pastoral popular. “La expresión de la religiosidad popular es fruto de una evangelización realizada desde el tiempo de la Conquista, con características especiales. Es una religiosidad de votos y promesas, de peregrinaciones y de un sinnúmero de devociones, basada en la recepción de los sacramentos, especialmente del bautismo y de la primera comunión, recepción que tiene más bien repercusiones sociales que un verdadero influjo en el ejercicio de la vida cristiana”[2]. Ante esto, en el documento se señalan los grandes desafíos que tiene para la Iglesia de América Latina; entre ellos el siguiente: “La pastoral popular deberá tender a una exigencia cada vez mayor para lograr una personalización y vida comunitaria de modo pedagógico, respetando las etapas diversas en el caminar hacia Dios, respeto que no significa aceptación e inmovilismo, sino llamado repetido a una vivencia más plena del Evangelio, y a una conversión reiterada”[3]. Esta vivencia más plena del evangelio es la que nos ayudará a superar categorías poco evangélicas de la piedad popular y al mismo tiempo hacerla camino y antídoto contra los abuso en todas sus dimensiones.

Años después el Documento de Aparecida,[4] hace un importante reconocimiento del valor de la piedad popular y nos recuerda que hombres y mujeres que viven esta religiosidad sencilla; “muchos de ellos golpeados, ignorados, despojados” no bajan los brazos. Con su religiosidad característica se aferran al inmenso amor que Dios les tiene y que les recuerda permanentemente su propia dignidad. También encuentran la ternura y el amor de Dios en el rostro de María. En ella ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio”[5]. Esto nos anima y nos da esperanza cierta sobre el aporte renovador de la piedad popular.

El Papa Francisco nos ayuda a poner a la pastoral popular en el camino que deseamos: el camino de la renovación y sanación. En Evangelli Gaudium afirma que todo necesita ser purificado al interior de nuestras culturas; menciona el machismo, el alcoholismo, la violencia doméstica, entre otras situaciones de muerte[6] y hoy podemos agregar a la luz de la situación actual de la Iglesia, la cultura del abuso y del encubrimiento. Francisco hablando de los grandes males de la sociedad nos dice que precisamente es la piedad popular el mejor punto de partida para sanarlas y liberarlas[7], recordándonos que “toda cultura y todo grupo social necesitan purificación y maduración”[8].

La invitación está clara: abrir el corazón de cada uno y de la Iglesia al aporte renovador de la piedad popular. Esto nos exige contemplar el misterio de la fe que viven los pequeños y sencillos y reconocer su valioso aporte a todos en la Iglesia de Jesús.

Renovarnos por el camino de la pastoral popular.

La renovación de la Iglesia es una acción siempre actual, dinámica y permanente en el tiempo; involucra a todos y a todo, nada nos es ajeno. Todos estamos invitados a vivir la corresponsabilidad en la Iglesia en un camino de sinodalidad que exige apertura, acogida y comunión que no es sólo estar con otros, sino vivencia profunda del misterio trinitario, por lo tanto es comunión en el Amor. Francisco además nos ha dicho: “¡Qué hermoso es apoyarse mutuamente en la aventura maravillosa de la fe!”[9] 

Un lugar relevante de la piedad popular son los santuarios, espacios privilegiados de vivencia de la fe donde apreciamos al creyente y a la comunidad de los fieles reunidos en un solo corazón, con una sola alma; ahí, en esos espacios de gracia, vemos las más variadas expresiones de religiosidad popular. Entonces “aquí toma importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente desarrollo, donde el Espíritu Santo es el agente principal”[10].

Francisco nos exhorta: “En la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo. En algún tiempo, mirada con desconfianza, ha sido objeto de revalorización en las décadas posteriores al Concilio. Fue Pablo VI en su Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi quien dio un impulso decisivo en ese sentido. Allí explica que la piedad popular «refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer» y que «hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe». También el Papa Benedicto XVI señaló que en la pastoral popular “aparece el alma de los pueblos latinoamericanos”[11].

A partir de estas ideas, sugiero un camino de reconocimiento del valor de la pastoral popular que nos ayude en nuestra renovación eclesial, porque ella:

1° Nos encamina por la senda de la sencillez, de la fe sin prejuicios del Pueblo de Dios. De esto, los pastores y ministros de la Iglesia tenemos mucho que aprender; necesitamos hacernos discípulos de la fe en pos de nuestro sencillo pueblo.

2° Nos permite descubrir cómo el Pueblo santo de Dios abre su corazón y se abandona con confianza filial a Dios y sus designios. Cuánta confianza hay en los hombres y mujeres que acuden a nuestros Santuarios, saben que serán escuchados y por eso regresan cada año perseverantemente a dar gracias por los favores que han recibido,

3° Nos interpela a la escucha. Como Iglesia debemos comprometernos decididamente a escuchar lo que los hombres y mujeres expresan hoy, principalmente por una vida más digna y de manera especial escuchar a aquellos que han sido víctimas de nuestros atropellos y sobre todo quienes han sufrido el abuso en todas sus formas.

4° Nos ayuda a ser una Iglesia que primero suplica y luego anuncia. Cuánta falta nos hacer orar más, cuánta falta nos hace poner el oído en Dios, cuánta falta nos hace escuchar más al Pueblo de Dios que con su fe sencilla nos habla de fidelidad y compromiso con la vida.

5°Nos recuerda que debemos estar siempre en camino, como esas multitudes que muchas veces recorren largas distancias para llegar al encuentro de Jesús, de la Ssma. Virgen María, de un (a) santo (a), al que buscan llenos de confianza y piedad.

6° Nos ayuda a asumir el sufrimiento como parte de nuestra existencia, caminar con él, con valentía; pero también a no ser pesimistas y a buscar consuelo y ayuda. Cuando vemos llegar a los peregrinos a nuestros Santuarios los vemos marcados por su dolor, pero cuando regresan a sus hogares los vemos esperanzados y confiados en la acción poderosa de Dios y en la intercesión de Jesús, de la Virgen y de los santos.

7° Y, finalmente, nos recuerda que somos comunidad que celebra. Cuánta alegría hay en los Santuarios, cuántas expresiones de devoción y de fiesta.  Recordemos que la alegría, “llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”[12].

Reconocer los aportes de la pastoral popular es un bien para todos y una oportunidad de renovación y santificación para todo el Santo Pueblo de Dios.

Pablo Leiva Rojas


[1] Francisco: Carta Al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, 31 de mayo de 2018 N° 1.

[2] Documento de Medellín, 6. 2

[3] Ibíd., 6. 15

[4] Documento Conclusivo V Conferencia General Episcopado Latinoamericano, Aparecida, Brasil 2007

[5] Ibíd., 265

[6] Cfr. Francisco, Evangelli Gaudium, 69

[7] Cfr. Ibíd.

[8] Ibíd.

[9] Francisco, Catequesis del 30 de octubre de 2013.

[10] Francisco, Evangelli Gaudium,  122

[11] Discurso inaugural de la  V Conferencia de Aparecida

[12] Francisco, Evangelli Gaudium, 1

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