Subió al monte y llamo a los que él quiso

Tocar el tema de la vocación en la Iglesia nos hace pensar de inmediato en la “crisis” que vivimos ante la realidad de la escasez de vocaciones religiosas y sacerdotales. Pero, para ser más honestos, yo diría que la crisis es más profunda, la crisis vocacional en la Iglesia es mucho más amplia. La crisis vocacional es primero crisis de la experiencia de Dios, crisis de la vida comunitaria, crisis de compromisos estables y perdurables en el tiempo.

¿Qué hacer? ¿Qué caminos tomar?

Primero reconocer que el tema vocacional no atañe sólo a los jóvenes, a las religiosas o a los sacerdotes. Es un tema que nos involucra a todos. Esto en un doble sentido:

1° Es necesario reconocer que la vocación es un llamado que todos recibimos de Dios: vocación a la vida, vocación a fe, vocación a un estado de vida concreto, vocación de servicio público, etc. Se puede decir que todos hemos sido vocacionados por Dios y Él espera de nosotros una respuesta.

2° Es vital asumir que el discernimiento vocacional es tarea de toda la comunidad. Es en la comunidad cristiana donde maduran y se deben discernir las vocaciones, tanto  la de especial consagración (religiosas, religiosos, sacerdotes, diáconos permanentes, matrimonios), como las de servicio en las realidades temporales (política, servicio público, educación, salud, etc.) y también las de servicio laical al interior de la Iglesia.

Leyendo los evangelios, nos percatamos que Jesús hizo una gran tarea vocacional, en realidad todo en Él es vocacional:

  • Convocó primero a sus apóstoles:

“Y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres.» Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron” (Mt 4, 19 – 20).

  • Llamó a numerosos discípulos para enviarlos a la misión de pueblo en  pueblo:

Después de esto, designó el Señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir” (Lc 10, 1).

  • Realizó una amplia llamada a vivir los valores del Reino de Dios:

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias” (Mt 9, 35).

Pero Jesús, consciente que nunca serán suficientes los que se dediquen a predicar el evangelio o a sanar a los que están extenuados y abandonados o a construir la civilización del amor desde la justicia y la paz, pide a sus discípulos de todos los tiempos orar por las vocaciones:

“La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 38).

La Iglesia hoy, fijando su mirada en Jesús, está llamada a ir por el mismo camino de su Maestro. Hoy todos en la Iglesia debemos no sólo sentirnos vocacionados (llamados), sino también agentes vocacionales, es decir testigos del amor de Dios ayudando a otros a descubrir su lugar en la Iglesia y en el mundo, especialmente a los jóvenes, ya que ellos están en una etapa de búsqueda sobre cómo y dónde vivir sus vida.

El documento final del sínodo sobre Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional del año 2018, nos ha recordado que “es importante crear las condiciones para que en todas las comunidades cristianas, a partir de la conciencia bautismal de sus miembros, se desarrolle una verdadera cultura vocacional y un constante compromiso de oración por las vocaciones” (N° 80).  El mismo documento nos recuerda  algo muy importante: “Toda la Iglesia debe asumir el compromiso de acompañar el caminar vocacional. Acompañar para tomar decisiones válidas, estables y bien fundadas es pues un servicio del que la gran mayoría siente la necesidad. Estar presente, sostener y acompañar el itinerario para hacer elecciones auténticas es un modo que tiene la Iglesia de ejercer su función materna, generando la libertad de los hijos de Dios. Este servicio no es otro que la continuación del actuar de Dios, de Jesucristo con su pueblo: mediante una presencia constante y cordial, una proximidad entregada y amorosa, y una ternura sin límites” (91). Ante tal llamado no podemos quedar indiferentes, muy por el contario, poniéndonos manos a la obra debemos hacer de nuestras comunidades cristianas, comunidades en permanente actitud vocacional.

Jesús nos hace una llamada fundamental a todos: “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48). Es la llamada a la santidad que está en el horizonte de toda vocación y que el documento antes citado n° 165 reafirma con claridad. “Las distintas vocaciones se resumen en una llamada a la santidad única y universal, que en el fondo es vivirla con la alegría del amor que resuena en el corazón de cada joven. Efectivamente, sólo a partir de la única vocación a la santidad se pueden articular las diferentes formas de vida, sabiendo que Dios «nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada» (Francisco, Gaudete et Exsultate, 1).

Presento algunos desafíos que creo importante destacar en el apostolado de las vocaciones:

  • Promover la “cultura vocacional” en la vida de la Iglesia, que anime y haga presente el tema vocacional en todas las estructuras de ella, impulsando el surgimiento de agentes de Pastoral Vocacional para tal cometido.
  • Fomentar espacios que ayuden a vivir en un espíritu de discernimiento permanente, buscando responder con alegría a la voluntad de Dios.
  • Acoger y acompañar a quienes descubran que han sido llamados a la vocación sacerdotal, a la vida consagrada y al matrimonio, ayudándoles en sus procesos de discernimiento y preparación para concretar la respuesta al llamado de Dios.
  • Que la Pastoral Vocacional específica esté inserta en la Pastoral Orgánica de la diócesis, parroquia, colegio, movimiento apostólico y toda organización eclesial, para que, con sus agentes, promuevan las distintas vocaciones y especialmente animen la oración permanente por las vocaciones en la Iglesia.

Invito a todos a hacer “nuestra” la causa de las vocaciones: primero viviendo con alegría y entusiasmo la propia vocación y luego, ayudando a otros a responder al llamado que el Señor les tiene reservado. Finalmente:

“La vocación del cristiano es la santidad, en todo momento de la vida. En la primavera de la juventud, en la plenitud del verano de la edad madura, y después también en el otoño y en el invierno de la vejez, y por último, en la hora de la muerte (San Juan Pablo II).

Pablo Leiva Rojas

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