Los jóvenes en el corazón de la Iglesia

Los jóvenes son para la Iglesia un don que renueva su vida, haciéndola más alegre y chispeante; por eso debemos ocuparnos del camino de fe que llevan, acompañándoles con dedicación y ternura. Todo lo que nos propongamos para estar cerca de ellos nos debe llevar a conseguir que nuestros jóvenes descubran que son para la comunidad cristiana los “centinelas de la mañana” (Is 21,11), expresión bíblica que San Juan Pablo II señaló como desafío y llamado a los jóvenes del tercer milenio de la era cristiana.

La Pastoral de jóvenes de la Iglesia ha ideado muchos itinerarios de acompañamiento y formación para quienes buscan formar a estos “centinelas de la mañana”.

Los principales desafíos son formar a:

Jóvenes integrados,

  • maduros, que sean capaces de tomar las riendas de su vida con amor y responsabilidad. Varones que asuman su masculinidad desafiados a ser hombres constructores del nuevo milenio, mujeres que viven en plenitud su femineidad para llegar a ser mujeres constructoras de la Civilización del Amor.
  • Que se valoren en la verdad de lo que son, que se reconozcan hijos de Dios y conozcan su hermosa dignidad.

Jóvenes que se encuentren con Cristo Vivo,

  • abiertos a la trascendencia, capaces de asumir una vida de diálogo con el Padre que los ama; sencillos, con la conciencia de “estar en camino” y vivir en la confianza en el Dios que les cuida cada día.
  • libres, por fuera y por dentro, capaces de asumir opciones radicales y las renuncias que esto conlleva, capaces de desprenderse de las ataduras que les impiden ser amigos y colaboradores de Dios.
  • que se saben necesitados de reconciliación y de apoyo, que saben que no están ajenos a la acción del pecado y que son capaces de pedir tanto el perdón como la gracia para crecer en una vida más santa, más plena.

Jóvenes que aman a la Iglesia,

  • llamados a vivir en comunión, en una alianza de paz, de amistad y de vida, que viven su eclesialidad con conciencia de “ser” Pueblo de Dios. Abiertos a la participación en la comunidad local y responsables de las necesidades, materiales y espirituales de su Iglesia.
  • que valoran la presencia del Señor Jesús en los sacramentos, viviendo alegres, fervorosos, con constante vida litúrgica y que reconociendo en la vida de los santos, un modelo para su propia vida.

Jóvenes con un estilo de vida cristiana,

  • testigos del Reino, con conciencia de la dignidad del hermano, solidarios, comprometidos con los más pobres y con la promoción de la justicia; responsables del mundo que van a construir y capaces de cuestionar la sociedad desde los valores del Evangelio.
  • abiertos a la relación con Dios y configurados desde ésta, responsables, respetuosos y acogedores con sus hermanos; capaces de abrir su vida ante las vicisitudes de nuestra historia.

En definitiva queremos jóvenes que sigan la invitación de Jesús, que puedan asumir en su vida el proyecto de Dios, su Palabra desde los mandamientos hasta las bienaventuranzas, que puedan vivir en plenitud ser hijos de Dios.

Todo lo anterior podrá ser realidad si los jóvenes viven una autentica vida de comunidad al interior de la Iglesia. El camino comunitario se da en el tiempo y requiere las exigencias propias de todo camino de crecimiento: perseverancia, constancia, responsabilidad, acompañamiento y mucho entusiasmo.

Hay elementos que no pueden estar ausentes en el camino formativo al interior de nuestras comunidades:

  1. Oración personal y comunitaria.
  2. Una constante lectura de la Palabra de Dios.
  3. Una participación permanente en la vida sacramental de la Iglesia.
  4. Una sólida formación doctrinal, especialmente en temas de ecología integral.
  5. Recoger su historia personal para sanarla cuando sea necesario y para que descubran la vocación a la que son llamados.
  6. Ayudarles a que busquen caminos de justicia y de paz.
  7. Invitarles a tener una opción preferente por los pobres y los que sufren.

El Papa Francisco en su exhortación Christus Vivit anima la vida de los jóvenes, invitándoles a una relación estrecha con Jesús. “Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza” (2).

En la misma exhortación reconoce a los jóvenes que han descubierto que la vida tiene sentido en la medida que nos damos a los demás: “Hoy, gracias a Dios, los grupos de jóvenes en parroquias, colegios, movimientos o grupos universitarios suelen salir a acompañar ancianos y enfermos, o visitan barrios pobres, o salen juntos a auxiliar a los indigentes en las llamadas “noches de la caridad”. Con frecuencia ellos reconocen que en estas tareas es más lo que reciben que lo que dan, porque se aprende y se madura mucho cuando uno se atreve a tomar contacto con el sufrimiento de los otros. Además, en los pobres hay una sabiduría oculta, y ellos, con palabras simples, pueden ayudarnos a descubrir valores que no vemos” (171).

Una comunidad crece cuando abre los ojos y reconoce el tremendo bien que los jóvenes hacen, por eso es deber de toda la Iglesia acogerlos y darles la oportunidad para que renueven nuestras estructuras a veces caducas y retrógradas, haciendo aparecer la vida nueva que el Espíritu quiere hacer presente en todo tiempo y lugar.

Las comunidades de vida Juveniles

“Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).

La vida en comunidad es un regalo precioso que Jesús dejó a sus discípulos. Él mismo, al comienzo de su ministerio público, convocó a 12 de sus seguidores para constituirlos sus apóstoles con una doble intención: para que “estuvieran con Él” y para “enviarlos a predicar” (cf. Mc 3, 13-15). Por lo tanto, para vivir de verdad la fe cristiana. es necesario constituirse en comunidad de discípulos misioneros. 

Entendemos, entonces, que la experiencia cristiana se acoge y se vive en comunidad. La comunidad, por lo tanto, es el espacio más significativo para que los jóvenes conozcan, acojan y perseveren en la amistad que el Señor les ofrece.

Comunidades de jóvenes siguiendo a Jesús:

a) Una pequeña comunidad

La convocatoria a participar de manera estable en la Iglesia se traduce en una invitación a integrarse a una pequeña comunidad juvenil, la que se configura con las siguientes características:

  • Integrada aproximadamente por 8 a 12 jóvenes.

Una de las necesidades más importantes de la vida juvenil es el arraigo y la identidad, necesidades que sólo se satisfacen sanamente en relaciones de profunda amistad, que sostengan y fortalezcan la personalidad sin exigir renuncia a la Propia singularidad. Para esto es importante que la comunidad sea un pequeño grupo, donde cada uno encuentre un espacio de acogida y sea valorado.

  • Con una Composición de tipo mixto.

Uno de los ámbitos importantes del crecimiento y la maduración en la vida juvenil es la relación con el otro sexo. La vida comunitaria entre jóvenes de ambos sexos, representa una experiencia formativa muy profunda, en cuanto a la identidad con el propio género y en cuanto a la oportunidad de relacionarse ambos libres y sanamente.

  • Con integrantes de edad homogénea.

El hecho de pertenecer a una misma generación implica compartir una misma sensibilidad, un modo común de valorar, un mismo estilo de relación, etc. La edad homogénea permite que los jóvenes se apoyen mutuamente con la comprensión que da el estar viviendo experiencias semejantes.

  • Con participación estable y encuentros periódicos.

El único modo de vivir seriamente la experiencia comunitaria es con el compromiso estable de sus miembros y un régimen de encuentros regulares.

b) El proceso de crecimiento de la comunidad juvenil.

Un grupo de jóvenes que se reúne con la intención explícita de seguir a Jesús, constituye una pequeña comunidad. En ella los jóvenes inician un proceso de fe que al comienzo puede ser simple e inmaduro, pero que gracias al proceso comunitario, esta fe va creciendo en profundidad y madurez.

 Se espera que el proceso comunitario sea para los jóvenes una experiencia de crecimiento, de formación y de fortalecimiento de la madurez de su fe. Se espera también que la vida comunitaria sea una continua profundización más que un recorrido de etapas con distinto contenido cada una. Sin embargo, se dan matices diferenciales en el proceso.

Distinguimos tres momentos del proceso en los que la comunidad vive tareas específicas:

1) Motivación e inicio de la experiencia comunitaria.

Momento en el que el grupo inicia su proceso de constituirse en comunidad convocado por una experiencia básica de fe, durante el cual los miembros se descubren y aceptan mutuamente, se perciben como parte de un pueblo creyente y experimentan el valor fecundo del encuentro con otros para crecer, permitiéndoles interpretar el inicio de una nueva relación con el Señor.

2) Maduración de la fraternidad.

Momento en el que la comunidad fortalece su identificación con la persona de Jesús, quien los invita a revisar sus actitudes personales y grupales, así como los valores de la cultura en que se mueven, iniciando un proceso de conversión con el apoyo de la propia comunidad de creyentes.

3) Maduración de la Misión.

Momento en el que la comunidad fortalece su madurez de fe, descubriendo en la Pascua de Jesús y la Obra del Espíritu, la fuente para el testimonio personal y la acción militante en la construcción de la Civilización del Amor. Se espera que los jóvenes vivan el proceso comunitario como una profunda experiencia de formación evangelizadora.

c) Los servicios ofrecidos.

No cabe duda que la pastoral juvenil tiene mucho que ofrecer a los jóvenes; a continuación los señalo para tenerlos presente de manera constante:

  • Acompañamiento espiritual, que les permita profundizar su relación con Dios y el crecimiento como personas y en la vida de fe.
  • Animación vocacional, que les ayude a descubrir el sentido de sus vidas, las opciones que deben tomar, el llamado de Dios a un estado determinado de vida.
  • Formación integral permanente, particularmente en la comunidad juvenil y a través de la catequesis sacramental.
  • Ayudar a despertar el sentido social y el compromiso con la construcción de un mundo mejor, con un marco acentuado en la opción preferencial por los pobres y sufrientes.
  • Un espacio para desarrollar la solidaridad, como expresión de la caridad.
  • Él envío a la misión, al anuncio de Jesucristo Vivo a sus hermanos jóvenes, a las personas de su entorno y siempre abiertos a una misión fuera de los límites de la propia comunidad.

“Unámonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras” (Hb 10,24) 

Pablo Leiva Rojas

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